Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Política de Cookies Aceptar

DEL DERECHO Y DEL REVÉS / OPINIÓN

Confinamiento (X). Distopía orwelliana

22/05/2020 - 

En esta distopía orwelliana que estamos viviendo, el confinamiento está dejándonos más suaves que un guante, lo que supongo es parte de la terapia de choque para el aborregamiento. Ya vamos para diez semanas, que se dice pronto, desde que se decretó el estado de alarma, y esto se va notando en la moral de la tropa. Nos han metido el miedo en el cuerpo. Muchos, en su fobia anti virus juran que no volverán a pisar una peluquería; otros están ya tan agilipollaos que hasta lavan la barra de pan con agua y lejía –que a ver si le van a coger el gustillo–, en vez de pasar del pan para la operación bikini; hay incluso quienes te emplazan a tomar una cerveza, si eso, para después del verano y con la mascarilla, pero no sé si nos pondremos de acuerdo porque yo me niego a bebérmela con pajita; y otros fumigan varias veces los paquetes que llegan a su casa, como si fueran de los TEDAX desarticulando una bomba. Son, en todo caso, malos tiempos para los ligones picaflores, que se han de ver penando en la abstinencia, como contaba la novela 1984, tristemente de actualidad.

No deja de ser paradójico que, ahora que el verano asoma, venga el Gobierno a imponer que usemos mascarillas, cuando empezaron diciendo que no eran necesarias. Por lo que se ve, para ellos el uso obligatorio de la mascarilla es inversamente proporcional a su necesidad real. No deja de ser éste un penoso recordatorio de que la normalidad actualmente no existe. Por otra parte, ya he oído a más de uno advertirnos que la epidemia rebrotará en octubre; ahora sólo falta que digan el día y la hora, aunque doy por hecho que los que soltaron el virus en su momento bien lo sabrán. Conste que esto no lo digo yo, como una visionaria apocalíptica, sino el premio Nobel de Medicina Luc Montaigner, que ha afirmado que, en una tira larga de ARN del coronavirus, alguien insertó pequeñas secuencias del virus VIH; y que, como él es viejo y tiene un Nobel, lo puede decir libremente, no como otros. ¿Verdad o ficción? Juzguen ustedes. Menos mal que, si vuelve a atacarnos el maldito virus, nos pillará ya pertrechados y entrenados, y no en bolas como esta vez.

No se lo pierdan, pues ahora varios investigadores dicen que la vacuna se va a comercializar en enero, esto es, en un tiempo récord, lo que se logrará reduciendo los protocolos habituales que, en caso de haberse aplicado, lo harían imposible para esa fecha tan próxima. Como nunca llueve a gusto de todos, para muchos será un notición que les causará alivio; en cambio, a otros nos supondrá otro motivo más de preocupación, por la sensación de inseguridad. Y es que todo lo relacionado con el virus y su sospechosa coincidencia con la guerra comercial entre EEUU y China; con la vacuna y su misterioso origen entre pangolines y ejercicios militares; y con el confinamiento y este estado de alarma indefinido en todos los aspectos, huele raro, raro, raro, como diría Papuchi.

A todo esto, el Gobierno, yendo de oca en oca, querría llegar a la última casilla del tablero de una sola tirada. Alargando un mes más el estado de alarma y hasta que volviera la actividad parlamentaria, el Ejecutivo podría seguir aprobando y publicando suficientes decretos sin contar con el control parlamentario, e incluida la contrarreforma laboral no consensuada, como para empapelar todo el propio edificio de la plaza de Las Cortes, leones incluidos. Ahora queda por ver si habrá otra prórroga más después de ésta del estado de alarma, lo que dota al Gobierno de poderes extraordinarios. Caso de aprobarse una nueva prórroga, será ya probablemente sin apenas fallecidos, mientras todo apunta a que al menos Madrid continuará siendo castigada, atrapada en el tiempo de la fase 0,5 –que vaya tela– por sus caceroladas y sus pancartas subversivas gigantes contra el Sánchez. Por cierto, qué extraño que nadie viera el movimiento de llevar y traer semejante banderola por Madrid: otro de esos misterios insondables. En fin, y que no hay como sufrir en las propias carnes para ver la luz; fíjense que ahora algún miembro del Gobierno no ve los escraches ni tan medicinales ni tan democráticos como los creían antes. Particularmente me parecen deleznables, que conste. Mientras tanto, algunos de esos mal llamados pijos por parte de Podemos, y otros muchos que Vox tildaría de extremistas de izquierda, se dejan la piel pelando patatas en comedores solidarios, para dar un plato de comida a muchos de los miles de arruinados por causa de esta crisis. Es una de las peores estampas que está dejando esta situación, las vergonzosas colas del hambre en España, que creíamos superadas hace mucho tiempo. Así que menos hablar y más soltar la pasta de las ayudas, señores míos, que hay mucha gente que las necesita para comer. 

Por último, decirles que, mientras los políticos están a lo suyo despegados de la realidad porque ni la conocen ni les importa, los ciudadanos de a pie que aún podamos tenemos que volver al trabajo, con ímpetu, imaginación, fuerza y ganas de levantar el país y de generar empleo. Es tiempo y una gran oportunidad para repensar España. Necesitamos la contribución de todos para darle un giro de 180 grados a esta distopía. ¿Dónde están esos grandes estadistas, que son capaces de imaginar un país mejor, a la altura de sus ciudadanos? Porque, como decía Unamuno, España me duele. Y creo que no soy la única.

next
x