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sed buenos y leed (iv)

Michael Caine tatuado en el área de Wernicke

17/09/2017 - 

ALICANTE. Existe un tópico admitido según el cual no es bueno leer con prejuicios. No es del todo cierto, siempre se lee con prejuicios. Lo que nos debe preocupar es si los prejuicios son fundamentados, y su carácter positivo o negativo. Muchas de esas veces se trata de prejuicios inducidos, como en el caso de ese cartucho sobrecargado de perdigones llamado Jack’s Return Home, cincelado por el mancuniano Ted Lewis (Mánchester, 1940-Scunthorpe, 1982) en 1970, ahora publicado por la editoral ballenera Sajalín, con sede en Barcelona, bajo el apelativo título de Carter, con traducción de Damián Alou, dentro de su colección al margen.

El primer prejuicio inducido lo han programado los propios editores, colocando en la cubierta del libro una imagen de Michael Caine como Jack Carter, escopetón de dos cañones en ristre, con mirada de “para qué coño voy a necesitar yo recortarle los cañones a esto”. Si una de las funciones de la literatura es llevar al lector desde el texto a la imagen y el movimiento mediante las palabras, estimulando su imaginación de manera que reconstruya el relato en su memoria, poniendo caras, gestos, movimientos, escenografías propias a aquello que lee, tatuar el careto de Caine en el área de Wernicke antes de pasar las páginas de portada y frontispicio, hasta llegar a esa afirmación inicial de la novela, segúna la cual “La lluvia llovía”, es una certera manipulación con fundamento.

Por estas tierras llegó antes Caine que Lewis. El año 1971 Mike Hodges intentaba reflotar la ya un poco decadente industria cinematográfica británica, adaptando la novela de Ted Lewis, con el título de Get Carter –aquí se estrenó como Asesino implacable- y un joven Michael Caine en estado de gracia. Cómo es una de esas películas que pronto pasaron a ser exhibidas en la tele única, ya tocando los 80, Jack Carter mantiene la fisonomía del cockney más seductor de la historia del cine, aunque el escenario de sus peripecias cambiara de costa a costa, sin abandonar el cinturón industrial que separa Inglaterra de Escocia. El siderúrgico Mánchester daba paso al negro carbón de Newcastle, localización preferida para el cine lumpen británico, que vio como Gordon Matthew Sumner, más conocido como Sting, protagonizaba el thriller de Mike Figgis Stormy Monday en 1987, con un resultado nada mediocre.

Lewis fue un tipo con mala suerte, de ese tipo de mala suerte que se persigue con ahínco, a golpe de pinta de cerveza, galón de whiskey, chupito de vodka o copa de coñac. Uno de esos apatillados ejemplos de británicos airados de los 70, profundamente impregnados de smog, residuos de carbón, jazz de los tiempos alegres, pop y trajes de corte impecable, combinados con colores imposibles. El reverso del A well respected man de Ray Davies y sus Kinks: and hes oh, so good, / and hes oh, so fine, / and hes oh, so healthy, / in his body and his mind. / hes a well respected man about town, / doing the best things so conservatively (y el es, oh, tan bueno, / y el es, oh, tan fino, / y el es, oh, tan saludable / en su cuerpo y en su mente. / es un hombre respetable de la ciudad, / haciendo las mejores cosas muy conservadoramente). Estudió arte y trabajó en Londres como publicista y dibujante para series de animación y películas, formando parte del equipo de animación del Yellow Submarine de los Beatles, comenzó a publicar novelas en 1965 y, tras el éxito de Carter, en sus diferentes encarnaciones, tanto literaria como cinematográfica, no digirió demasiado bien ni este éxito repentino, ni la posterior indiferencia por su obra posterior. El alcohol le pasó una factura para la que no tenía fondos, y le envió sus esbirros a cobrarla con cuarenta años escasos.

Carter está escrita con una prosa escueta, de diálogos bien construidos, naturales a pesar del tono de falsete que adopta el hampa londinense, no exenta de un cierto lirismo provocado por el cariño al territorio de la infancia: Podías caminar hasta la cima (y había una cima, una pequeña meseta cubierta de hierba azotada por el viento), y no te dabas la vuelta hasta que no llegabas a esa meseta, y entonces bajabas la mirada y por encima de las copas de los árboles veías la ciudad, como si la hubieran ido arrojando a puñados: el anillo de las siderúrgicas, las colinas a unos quince kilómetros a la derecha, alzándose de la planicie del río, y el propio río, a unos doce kilómetros, justo delante, una reluciente anchura, y más colinas, aún más altas, perdiéndose a lo lejos.

Sorprende esta nostalgia en el diálogo interior que mantiene este sicario londinense que vuelve al terruño no por un apego consciente a los territorios de la infancia, sino por la rabia y el orgullo del “a mí no me puede pasar esto”. Su hermano Frank se ha despeñado por un precipicio, al volante del coche, borracho. Ese no es el Frank que Jack recuerda, de hecho no es ni siquiera el Frank que podría imaginar, y el método de su muerte, aunque certificada como accidente por la policía, demasiado familiar a su propio mundo de violencia controlada como para no reconocerlo. Pero Jack Carter no es un justiciero, la justicia le importa una mierda, lo suyo es la venganza pura y dura.

Al igual que Ted Lewis no es un escritor político, pero no puede evitar poner su ojo distorsionado por la ginebra en la violencia del capitalismo de la sociedad industrial, en los obreros alienados por dinero y el juego, en la especulación urbanística con la excusa de las viviendas de protección oficial, en la corrupción política, en la dureza de la vidas desgastadas por esas fantasmagóricas  siderúrgicas que, en breve, con el declive del acero, abocará a todo este proletariado al pozo de la dependencia de las ayudas sociales y el paro.

-A mí me huele mal, Gerald. Un olor a mierda tan fuerte que llega desde el norte hasta mis propias narices a través de tu sistema de aire acondicionado, le dispara Jack a Gerald Fletcher, en su oficina de Londres, antes de partir en “expedición punitiva” a ese norte industrial. Gerald y Les se dedican al juego, al control de pubs, al tráfico de droga, a la producción de cine porno. Jack sólo los protege, ni comulga ni deja de comulgar con sus negocios, sólo se tira a la mujer de Gerald.

Las mujeres son una presencia constante en Carter, y son duras, muy duras, a pesar de ser golpeadas, manipuladas, violadas, menospreciadas y temidas, como solo se puede temer lo que no se conoce, aunque Jack Carter hace lo posible por conocerlas. Hay personajes femeninos en esta novela que piden a gritos una trama argumental para ellas solas.

Carter no es novela criminal, aunque hay crímenes, no es un thriller, aunque hay intriga, no es policíaca, aunque hay policías, no un noir, a pesar de que los rayos de sol apenas traspasan la densa capa de nubes que cubre el cinturón industrial que va de Liverpool a Newcastle, es una novela a las orillas del Mersey, con toda la crudeza que desembocó en Margaret Thatcher.

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