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EL SUR DEL SUR / OPINIÓN

El ecuador del cambio

11/06/2017 - 

Este fin de semana se cumplen dos años del cambio político, en la Generalitat y en los ayuntamientos. El 13 de junio de 2015 se visualizó un cambio político tras 20 años de rodillo popular. Hoy lo que se discute es si ese cambio es lo que demandaba la sociedad y en qué medida lo ha satisfecho.

La alegría va por partes: hoy en día puedes oír opiniones de todos los colores y clases. Pero lo que sí es tangible es que la crisis ha generado nuevas vías de comunicación y nuevas maneras de hacer política. ¿Qué sean suficientes? ¿Duraderas? Pues eso es lo que tendremos que valorar en mayo de 2019, cuando se celebren, de nuevo, las elecciones. 

Hace dos años, se vislumbró que el modelo del PP había tocado a su fin. Las causas son de sobra conocidas. Hoy, en la mayoría de los municipios, gobiernan coaliciones de izquierdas. Independientemente de sus éxitos y fracasos parciales, lo que está claro es que las formas de gobierno son otras: debe prevalecer el diálogo y el consenso, pero también los espacios de discrepancia. Y los modelos que no han permitido eso, es dónde mayor ha sido la discrepancia y por tanto el ruido mediático. Quizás el mayor exponente ha sido la ciudad de Alicante, donde Guanyar apretó tanto las tuercas para satisfacer a sus cuadros de dirección y a las bases, que mayor han sido los encontronazos. Después está el papel del alcalde, Gabriel Echávarri, a veces, muy desafortunado en algunas decisiones o comentarios en redes sociales demasiado impulsivos, o el papel de pegamento del líder de Compromís, Natxo Bellido. Además de muchas cosas, el tripartito de Alicante tenía varios objetivos primordiales: atar la llegada de Ikea, si se daban las condiciones; mejorar la limpieza viaria de la ciudad e hilvanar un modelo productivo con correcciones al ladrillo. En el primero, considero que han empatado, pues Ikea no puede llegar con un cheque en blanco; en el segundo, han suspendido totalmente, y en el tercero, progresan adecuadamente, pero necesitan de un mayor consenso con el resto de fuerzas políticas. Del resto de las cuestiones, hay de todo, con muchos desaciertos, y muchas medias verdades, pero demasiado folklore, y anécdotas. Pero de lo que más adolece este tripartito es de la agilidad que la misma crisis ha impregnado a la nueva sociedad: sus decisiones deben ser certeras, pero sobre todo más ágiles, a riesgo de equivocarse. La sociedad y la economía lo exigen.

En Elche, posiblemente, haya una discrepancia mayor, con el proyecto del nuevo mercado, pero esa divergencia y otras, se descontaron en la firma del pacto, de ahí que se vea, con más normalidad que en Alicante, las diferencias. Si había otro elemento para la división ese era Ilicitanos por Elche, y sólo duró unos meses en el gobierno. Las diferencias entre Alicante y Elche son obvias, además de los perfiles personales. Elche trabaja sobre un modelo consolidado, el de la industria al que debe modernizar, y Alicante debe corregir su egocéntrico modelo de servicios para abrirse, si es que alguna vez quiere, al resto de la provincia. De lo contrario, todo seguirá igual. Y si quieren fuertes los dos, deben colaborar y ejercer de contrapeso a València.

Y los modelos son muy parecidos en el resto de municipio, con Podemos, donde lo hay, Esquerra Unida y Compromís, intentando correr más ante un PSPV, que busca más el equilibrio y la consolidación de lo que está ya en marcha.

La oposición también ha cambiado. El PP comparte ese protagonismo con Ciudadanos. Y como en los tripartitos y bipartitos, de todo hay en la viña del señor. Ciudadanos siempre será Ciudadanos si obedece a sus principios fundacionales: regeneración, transparencia e igualdad de oportunidades. Pero en el seno de la formación naranja hay de todo: arribistas, políticos que buscan una segunda oportunidad o que han convertido su nuevo estatus en ejercer de agencia de colocación de sus amiguetes. Eso la cúpula, sabedora, debería hacérselo mirar. A veces, no basta con centrar todas las críticas en lo mismo para tener una justificación de sus propia existencia. Y cuando se ejerce la opción de la estabilidad, como ocurre en Elche, Orihuela o Elda, hay que saber rentabilizar esas alianzas con un mensaje que refuerce los principios fundacionales.

Del PP hablé la semana pasada. Juega a varios discursos: Bonig tiene uno; el PP de César Sánchez y la Diputación de Alicante, tiene otro diferente, y en los municipios, hay un tercer discurso, con suerte dispar. El PP, como es normal,  juega a opción de gobierno, sabedor de que todo lo que fracase volverá a sus manos. Respetable, siempre y cuando sea consciente de que su modelo hasta 2015 ha quedado caduco y que a partir de 2019, habrá otra manera de gobernar. Y que para sustituir cualquier consenso dinamitado por la izquierda, hay que tener otro mejor. No valdrá el de antes. Y eso lo deben saber sus actuales rectores. Es muy difícil que lo viejo o lo vencido los por las urnas, vuelva otra vez. Si lo hace, será muy excepcionalmente. 

Estamos en tiempo de cambio, en su ecuador: todo lo que sea aceptado, como en su día fue la Ley Antitabaco, o la Ley de la Memoria Histórica, vendrá para quedarse. Y lo que no, pues podrá ser enmendado. Es una obviedad, pero que conviene recordar.

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