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MEMORIAS DE ANTICUARIO

Patrimonio cultural y seguridad: a propósito del incendio de Río

16/09/2018 - 

VALÈNCIA. Son días en que la actualidad nos arrasa. Escribir en Google “incendio museo Brasil” es iluminar la pantalla del ordenador con cientos de fotografías de un edificio sacudido por el fuego. Recién apagados los rescoldos del devastador incendio que hace dos semanas destruyó el Museo Nacional de Río de Janeiro las preguntas se suceden en un país que destinaba varias veces más dinero a lavar los coches oficiales que a esta importante institución. Se ha escrito mucho sobre este desastre que el historiador y arqueólogo Walter Neves calificaba, inmerso en un estado de shock de “crimen contra la humanidad cometido por el gobierno brasileño”.

En un frío enero de 1994, como salido de la nada, se originó un gran desastre sobre el patrimonio cultural español, cuando el teatro del Liceo de Barcelona quedó literalmente reducido a cenizas en un pavoroso incendio que paradójicamente de una errática chispa maldita durante unos rutinarios trabajos de soldadura. Son calamidades que nos llevan a la incredulidad mientras acontecen, pero una vez analizadas las circunstancias casi siempre salen a relucir deficiencias por falta de diligencia cuando no directamente por negligencia culpable y punible de gestores y administradores del erario público, que se encargan de conducir un capítulo de pesadilla a una triste lógica terrenal. “Se veía venir” “lo habíamos advertido” acaba escuchándose a las pocas horas de quienes mejor conocían el lugar. 

Título de la falsa noticia publicada en 1891 en el diario 'El liberal'

Históricamente el mayor enemigo del patrimonio-advenedizos pseudorestauradores locales a parte- ha sido el fuego. Hubo un tiempo en que la mayor medida preventiva era ponerse en manos de la providencia, pues no se disponía de medios tecnológicos; palacios, teatros e iglesias se convertían en piras potenciales conforme se iban acumulando materiales altamente inflamables comenzando por las propias obras de arte muchas de madera y telas pintadas. A ellas se añadían bibliotecas, mobiliario, cortinajes, alfombras. Una vez iniciado el desastre, muchas veces provocado por descuidos y la inflamación de aquello que se empleaba para calentarse quienes allí habitaban, poco se podía hacer para sofocarlo más allá de salvar las propias vidas en primer lugar, y lo material de la forma menos desastrosa posible.

Hay que decir que la realidad es que no todo lo que se piensa comúnmente era pasto de las llamas. La confusión que solía envolver estos momentos daba lugar a la aparición del segundo de los peligros: el pillaje. No pocas de las obras de arte que se siempre se pensaron perdidas por obra y gracia del fuego en realidad eran “evacuadas” en volandas por la parte trasera por los amigos de lo ajeno, lo que explica que siglos después, obras que se creía perdidas han salido a la luz.

A pesar de que hoy en día las medidas de seguridad nada tienen que ver con el pasado, el riesgo nunca será cero, y por tanto, en prevención de cualquier calamidad imprevisible existe incluso un listado de las obras que deberían ser rescatadas con prioridad máxima y su ubicación en las salas. En el caso del Prado, se pueden imaginar que entre estas obras maestras “sistémicas” se encuentran las Meninas, El Jardín de las Delicias, los Fusilamientos del 3 de Mayo o el descendimiento de Van der Weyden entre otras.

 Trabajos en la bóveda de la Iglesia de los Santos Juanes cuyos frescos, obra de Palomino, resultaron seriamente afectados por el fuego

El incendio que no fue

La mañana del 25 de noviembre de 1891 el diario «El Liberal», despertó a los madrileños con esta catástrofe: “España está de luto. Incendio del Museo de Pinturas”. La noticia corrió como la pólvora hasta el punto de que muchos curiosos acudieron a la gran pinacoteca del paseo de Recoletos a comprobar, con sus propios ojos lo que, se decía, estaba acaeciendo. Pero ni se veía humo y ni olía a chamusquina. Había que estar a la lectura de todo el artículo y no quedarse con el titular para darse uno cuenta que en realidad aquella falsa noticia se trató de una forma advertir sobre una gestión poco diligente del museo respecto a la enorme obra pictórica allí depositada y los peligros que esta corría. El autor era Mariano de Cavia quien relataba en forma de crónica el ficticio incendio. Al día siguiente, siguiendo con el juego, el artículo se titulaba de forma irónica “Porqué he incendiado el museo de pinturas”. Hasta tal punto de dejadez y abandono se hallaba el museo a finales del siglo XIX, una situación que hoy en día nos parece poco menos que increíble, al tratarse uno de los buques insignia de nuestro patrimonio nacional. Sirva como ejemplo que los trabajadores que vivían allí como si de caseros se tratara, usaban cocinas de leña sobre los suelos, por entonces, de madera. El escándalo que provocó esta noticia-ficción tuvo su efecto y el mismo Cánovas del Castillo aprobó un plan de medidas de mejora de la pinacoteca. 

Un incendio de verdad: el Alcazar 

Posiblemente la destrucción más pavorosa de obras de arte sucedió la Nochebuena de 1734 en el Alcazar de Madrid, donde en el aposento del pintor Jean Ranc parece que se originó de la nada y de forma un tanto inexplicable un fuego. Durante cuatro días estuvo ardiendo el edificio, perdiéndose obras de los más importantes pintores como Velázquez. Afortunadamente se pudo salvar las Meninas o la Batalla de Mühlberg de Tiziano, entre otras obras maestras. Siempre se ha sospechado que más que apagarlo el monarca puso de manifiesto una intencionada dejadez y desidia en su extinción pues era un edificio que no agradaba a la familia real, que, curiosamente no se hallaba en el mismo la nochebuena de aquel año. De hecho, de forma inmediata se dio inicio al proyecto de una nueva residencia real.

Salas de archivo de protocolos notariales de la ciudad de Valencia en el Patriarca

¿Y en València?

Desde la Edad Media, incluso antes, los incendios fueron sucesos cotidianos con los que se convivía de forma más o menos rutinaria, como decía al comienzo de este artículo. Lo lamentable es que cuando estos empezaron a poder ser previstos y se dispuso de medios para, en mayor o menor medida sofocarlos, tomaron forma los más importantes que se han producido sobre el patrimonio valenciano con ocasión y al inicio de la Guerra Civil: un capítulo desastroso especialmente en las iglesias de la Comunidad Valenciana. Son fechas en que arden las iglesias más importantes de la ciudad empezando por la catedral, que lo hace el 21 de julio de 1936 y hoy en día todavía es imposible catalogar lo perdido en este incendio. El alcalde republicano José Cano Coloma superado por la situación «pidió voluntarios para apagar el fuego, pero resultó imposible acceder al interior». Hasta siete incendios se originaron en la Seu, que estuvo presa de las llamas más de día y medio. Tampoco se sabe a ciencia cierta que es lo que ardió en San Agustín, Santa Catalina, San Martín y sobretodo en la iglesia de los Santos Juanes que acumulaban una cantidad de obras de arte inmensa. Dado el cariz de los acontecimientos el propio alcalde, el arquitecto Javier Goerlich y el rector de la Universidad intentaron calmar los ánimos de la población sin poderlo conseguir. No obstante hay episodios de salvación in extremis cuando la la iglesia de San Nicolás pudo salvar sus frescos y las obras de arte gracias a la intercesión de otro republicano militante: José Renau Montoro, padre del gran cartelista José Renau Berenguer, que trabajó en la misma. 

Desconozco a fondo las medidas que nuestros museos y demás edificios patrimonialmente relevantes tienen adoptadas para caso de incendio, pero en un país como el nuestro, finalizando la segunda década del siglo XXI, debemos presumir que estos edificios públicos cuentan con los medios y planes de prevención adecuados como detectores de humos, así como, iniciada una situación de riesgo, con los medios de extinción destinados a atajarla a la mayor brevedad posible. No obstante es preocupante la situación de edificios privados y otros propiedad de la iglesia puesto que en este último caso, como se está  viendo, empiezan a escasear los medios sobretodo humanos que se destinan a tal fin. De hecho empiezan a darse casos de cierre total o parcial de edificios ante la imposibilidad de atenderlos por falta de personal, lo que no favorece a su conservación y seguridad. Ojalá me equivoque al respecto y que nunca tengamos que escuchar, “ya advertí que aquello podía pasar” como el profesor Walter Neves de Río de Janeiro

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