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dirty works publica la obra maestra de jim goad

'Manifiesto Redneck': una historia de negratas blancos

Veinte años después, una editorial se atreve a traducir al castellano el «Manifiesto Redneck», la obra del expresidiario Jim Goad que cambió el concepto de White Trash en EEUU

15/07/2017 - 

VALÈNCIA.–  Despreciados incluso por los suyos, la clase baja blanca americana pocas veces ha tenido quien le escriba… sin ridiculizarla. Con el tiempo, la cosa ha cambiado como demuestra el reciente éxito editorial de White Trash: The 400-Year Untold History of Class in America, de la historiadora Nancy Isenbergun libro que  se vendía incluso en los aeropuertos. Un lujo poco habitual tratándose de una obra de esta naturaleza. Pero si se ha llegado a este punto, y se puede hablar de la historia de los parias blancos sin parecer del Ku Klux Klan, gran parte del mérito corresponde a Jim Goad, expresidiario, maltratador maltratado, intelectual underground, escritor y —sobre todo y ante todo— un tocador de güevos profesional. Veinte años después de su publicación en EEUU, llega a España de la mano de la editorial Dirty Works su opus magna, el absolutamente irreverente y plenamente vigente Manifiesto Redneck (Cómo los paletos, lo pueblerinos y la basura blanca se convirtieron en el chivo expiatorio de América).

El libro de Goad (fundador de la efímera White Trash Nation) llegó en un momento en el que otras minorías (negros, chinos indios…) habían ganado algunas batallas a la hora de reivindicarse. Desde el punto de vista práctico, seguían igual de jodidos que siempre y con los mismos trabajos miserables de toda la vida, pero alguno conseguía escapar a su destino y llegaba incluso a triunfar en algo. Como mínimo, estas minorías habían logrado el título de ‘perjudicados por la historia’, con lo que empezó a estar mal visto referirse a ellos utilizando expresiones racistas en público. Menos da una piedra.

En cambio, para la basura blanca (cuya suerte no difería tanto de los colectivos anteriores) había barra libre de insultos, mofas y befas. Como eran blancos, se les suponía en parte culpables del sistema imperante que oprimía a otras minorías; pero por esa misma razón, estos bebedores de cerveza en serie, obsesionados con la Biblia y las armas no merecían el respeto de los suyos por ser un grano en el culo del sueño americano.

El acierto de Goad fue abrir los ojos a mucha gente a la hora de definir cuál era el problema. Evidentemente, había un importante componente racial, pero también era un problema de clases, y esto último es un tema casi tabú en EEUU. Además, como el tema de la esclavitud estaba todavía pendiente de solucionar, introducir nuevos matices solo podía contribuir a complicar más la ceremonia de la confusión. No está de más recordar que hasta 2008 el Senado de EEUU no se convirtió en la primera rama del gobierno que pedía perdón a los descendientes de los esclavos. De indemnizarlos, ya tal. Así, cuando Goad recordaba que antes de la Guerra de Secesión miles de blancos vivían en condiciones muy similares a las de los esclavos negros parecía restar valor al sufrimiento de estos últimos. Craso error. Una injusticia no elimina otra, la multiplica.

Goad no estaba solo, aunque nadie se atrevía a gritar tan alto como él. Hasta el historiador Howard Zinn (una de las principales referencias de la izquierda americana, al que se cita varias veces), había reconocido que la situación de los ‘esclavos’ blancos era casi tan pésima como la de sus homólogos negros. Muchos de ellos habían llegado al nuevo continente secuestrados legalmente (los 'siervos por contrato' o injustamente condenados a interminables penas de trabajos forzados. Y ambas minorías tenían prácticamente los mismos derechos: ninguno. El punto de vista de Goad no era nuevo pero, hasta la fecha, los únicos  que se habían atrevido a reivindicar esta realidad eran tarados de la talla del conspiranoico y negacionista del Holocausto Michael A. Hoffman II, autor de They Were White and They Were Slaves (a quien Goad cita muchas veces).

La White Trash en sus múltiples variantes (el que quiera aprender a distinguir entre rednecks, hillbilies, whiggers… que se lea el libro) ha sido como el Lepe de los americanos. Algunos retratos eran más bien benignos e incluso humorísticos, capaces de generar obras maestras como el Li’l Abner de Al Capp o simplemente entretenidas como Los Dukes de Hazzard, The Beverly Hillbillies o Los osos montañeses de la factoría Hanna & Barberá. Otra veces, la imagen era un poco más siniestra como en Deliverance (John Boorman, 1972) o La Presa (Walter Hill, 1981). Pero, en general, se les tenía por paletos, ignorantes, ultraderechistas, amantes de las armas y de la Biblia, y con una genealogía en la que se repetían con preocupante frecuencia los matrimonios entre primos hermanos. De ahí el chiste de que en el viejo sur, la definición de virgen era la de una mujer que corría más que sus primos.

Caricaturizados hasta el límite de las deshumanización, lo fácil fue extender la idea de que seguirían siendo basura blanca (y pobre) hasta que no cambiaran en lugar de asumir que la mayoría de sus problemas eran causa de la pobreza. Evidentemente, como siempre, el tópico tenía algo de razón pero cuidado: si les faltaba media piñata no era una cuestión de moda, es que no había un dentista a cien millas a la redonda. ¿Vagos? A lo mejor es que no tenían donde encontrar un empleo medio decente y lo más parecido que ven en su vida a un hombre de negocios es al vecino que cocina meta.

Según la tesis de Goad, tanto a la izquierda como a la derecha les resultaba más fácil acusarles de no compartir el sueño americano que de ser víctimas de él. Lo importante es que nadie pensara que era un problema de clases. Los rednecks (literalmente 'cuellos rojos') no son blancos que acabaron siendo pobres, son pobres desde que se plantó la semilla de su árbol genealógico. Así, además, se convirtieron en el perfecto chivo expiatorio para los blancos acusados de marginar a las minorías: así podían limpiar su conciencia señalándoles con el dedo mientras ponían cara de “yo no he sido”.

Los prisioneros blancos y los pobres engañados en Inglaterra, Holanda, Alemania… constituyeron la primera oleada de lumpenproletariado que llegó al nuevo continente, mucho antes de que se empezaran a importar esclavos negros (y en una cantidad mucho mayor). Con el tiempo la balanza se fue equilibrando, sobre todo desde que alguien descubrió que era más fácil detectar a un esclavo que huía si era de color. Aún así, entre ambas minorías había más compañerismo que rivalidad, de ahí que en la mayoría de revueltas (una costumbre bastante extendida) solían ir de la mano. De hecho, fue una alianza tácita entre marginados del sistema que duró hasta que la Guerra de Independencia obligó a las elites (todas blancas) a conceder algún que otro derecho a los suyos para conservar su status quo. Así, un problema de ricos contra pobres se convirtió en una lucha entre los que tenían derechos políticos (aunque fueran pocos) y los que no. Los rednecks dejaron de cuestionar el sistema para empezar a soñar con integrarse.

Manifiesto redneck fue, en su momento, un hito en la historia de lo políticamente incorrecto. En 20 años (más la distancia kilométrica) han servido para rebajar el tono, pero lo principal de su mensaje sigue vigente: el problema no es la piel, es la cartera. Un libro divertido, esclarecedor, y que ofrece una visión distinta de la historia de EEUU.  Pero los que quieran disfrutar de un Goad en su máximo esplendor, en julio salió a la venta The New Church Ladies: The Extremely Uptight World of Social Justice. Por la mitad de lo que dice en este libro, la yihad tuitera ha quemado a gente.

Dirty Works, la editorial

La publicación de El manifiesto Redneck ha sido posible gracias a los responsables de la pequeña editorial con sede en Barcelona Dirty Works, creada por el escritor Javier Lucini (Anillo de fuego, Apacherías del salvaje oeste) y el documentalista Nacho Diego (Amerikanuak, 2010), dos enamorados del sur de EEUU y de su literatura. Aunque no viven de la editorial, “sino para la editorial”, como explica Diego, de momento ya han conseguido hacerse un hueco gracias a libros de autores desconocidos por estos lares como Alan Heathcock, Harry Crews o Larry Brown entre otros.

“El Manifiesto Redneck no es exactamente un resumen de la filosofía de Dirty Work, pero sí que es el primer ensayo que publicamos y uno que tiene mucho que ver con nuestra manera de ver las cosas y que tiene mucho sentido en nuestro catálogo. Evidentemente, hay algo de la editorial en El manifiesto… pero también en cada uno de los libros que publicamos”, explica Nacho Diego.

No miente. Si algo se puede decir de Dirty Works es lo cuidado de su selección y la calidad del producto: no está pensado por alguien que vende libros (por supuesto, eso también), sino por alguien a quien le gusta la literatura y que sabe lo importante de una cuidada edición. Muy de agradecer esas 150 notas a pie de página que Lucini (firma la traducción) se ha currado. Lejos de agobiar, como ocurre a veces, ayudan a entender hasta el último de los muchos matices de su libro.

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