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LA carn vol carn / OPINIÓN

Instrucciones para llorar un cierre

31/12/2017 - 

Elija un local cualquiera de su barrio, uno al que no haya ido demasiado en los últimos años, una librería está bien. Ahora siéntese a esperar su cierre. Tranquilo, no se apure, estas cosas llevan un tiempo variable según la tozudez y la salud del dueño, pero acaban pasando. ¿Ya? ¿Escuchó el hermoso chasquido de la persiana contra el suelo? ¿El coro de gatos al acecho de su nuevo reino? ¿Los pasos perdidos? Perfecto, ahora corra. Corra como nunca antes lo había hecho, corra como si por sus venas fluyese la sangre oxigenada de Fermín Cacho en el 92 y el propio Hermes guiara sus pies, apresúrese antes de que cualquier ventajista se le adelante y procúrese una buena conexión wifi. Tome asiento. Carraspee dos veces y haga crujir los dedos. Incline con decisión el cuello a la derecha en un plano de 45º respecto del tronco de manera que la oreja izquierda quede orientada hacia el murmullo del cielo. Haga lo mismo en la dirección contraria y a continuación devuelva el cuello a la posición vertical o rumbo 0 para no perder de vista el objeto de la tarea.  Por último, frunza los labios como un rape hasta componer la viva imagen de la dignidad reflexiva. Recuerde sin embargo que el tormento ha de ser estético, así que tampoco fuerce.

Ahora escriba un abundante lamento por la muerte de ese local. Diga cosas como "con él se va parte de la esencia de la ciudad", o si se siente particularmente audaz cambie el sustantivo "esencia" por "alma" con la correspondiente sustitución del pronombre. Haga una sentida semblanza del dueño de la librería liquidada y no se sonroje ni ceda en caso de desconocimiento. Abreve de fórmulas como "el viejo Fulano que nos llamaba por nuestro nombre y tenía un libro para cada cliente", adéntrese en la floresta de los detalles y manifieste: "gracias a Fulano conocí a Homero y a Stevenson, la batalla de Clontarf y la poesía de Brines". Ahora, ya definitivamente lanzado como un sputnik a velocidades supersónicas por el espacio sideral de la pena ataque por el flanco personal. Sin miedo. Proclame: "pero también conocí a un amigo y tuve una segunda casa, un refugio contra la intemperie, un secreto que compartíamos la gente del barrio".  Vamos, que estamos casi al final, no afloje que ahora viene lo mejor: "éramos los niños que hojeábamos tebeos..." No, no, mejor cambie tebeos por Tintines, recuerde que en lo concreto está el relato: "éramos los niños que hojeábamos Tintines sin saber que nuestra vida cambiaría para siempre". ¡Bravo! Ahora, para terminar, trague saliva y levante el mentón hacia el techo, apriete fuerte los párpados y niegue con la cabeza muy lentamente, hipe si es necesario, recréese en la humedad que le baja por las mejillas como Tigris y Éufrates paralelos, y después regrese con cuidado a la realidad y entre a matar: "solo puedo decir (suspiro) gracias por todo apelativo-familiar-con-el-que-conocíamos-a-Fulano".

Una vez cumplida la ceremonia de la elegía, añada al post una foto de cualquier tiempo pasado, etiquete a conocidos en número entre 15 y 100 y pulse el botón de publicar. Oh, cómo fluye a continuación, cómo se desliza en los muros entre tanta noticia insulsa, qué maravilla cómo recolecta los likes y cómo la comparten porque qué clase de monstruo civil no lo haría. Observe la profusión de comentarios y los recuerdos inventados que brotan como flores blancas de almendro en las ramas del texto. Tenga la certeza de que este panegírico mejorará su imagen entre los vecinos y, lo que es más importante, consigo mismo. Añada otra ventaja nada desdeñable: lo puede hacer cada semana si le gusta. Lo mismo sirve para el cese de librerías, pescaderías de barrio, cines, salas de arte, agricultores, marineros, teatros, tiendas, pequeños bares, sellos editoriales y de música... Es importante sin embargo que usted no haya gastado nunca dinero en ellos o no más de 10 euritos al año. De lo contrario la verdad podría infiltrarse en lo que escriba y ahí sí que vamos al desastre.

Bonus track: El profesor Martínez Gallego refirió en su clase de historia, en los lejanos años finales del siglo XX, el asesinato de Canalejas mientras miraba las novedades de la librería San Martín, en Madrid. Apostilló con un deje de nostalgia que eso hoy sería imposible. Después matizó: yo no pido que maten presidentes, solo pido que vayan a las librerías. 

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