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LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

Celebrando dos años de recuerdos que no pueden esperar

30/04/2017 - 

VALÈNCIA. El 3 de mayo de 2015 nació esta sección y con ella, entré a formar parte del equipo de Valencia Plaza. Son solamente dos años pero ese tiempo me ha permitido desarrollar una vía de escritura. A través de ella estoy ejercitando dos cosas fundamentales: mi propia historia y la manera a la que me enfrento a mi labor como periodista y escritor.

El artículo, titulado La delgada línea que separó a Canal 9 de Velvet Underground, fue el primero de una ya larga lista que llega hasta hoy y que espero siga prolongándose en el futuro. Contaba una experiencia tan absurda como real, vivida en 1990. Ese texto fue una de las ideas que presenté a Cruz Sierra cuando le hablé de este proyecto. El entusiasmo con el que él, Carlos Aimeur y Eugenio Viñas acogieron la propuesta, es algo que nunca dejaré de mencionar y menos aún de agradecer. Sobre todo en una ciudad salpicada de pequeños feudos, en la que hay tendencia a ningunear, ignorar, pisotear, si no bates palmas, no  ríes gracias, o simplemente molestas porque tus opiniones no encajan con las de otros. Tuve la suerte de dar con un medio que cultiva exactamente la filosofía opuesta a eso -la añorada Verlanga también tenía ese espíritu-, con tanta naturalidad que a veces me pregunto si no serán todos ellos   islandeses o canadienses encubiertos. 

Aterrizar en el planeta Plaza

El caso es que así nació la sección Los recuerdos no pueden esperar y con ella han ido llegando muchas satisfacciones de diversa índole. El asunto, lo más gracioso, es que con el tiempo descubrí que el verdadero reto era hacer algo distinto con esos recuerdos, anclados todos en mi trayectoria profesional. Filtrarse a través de las grietas de lo vivido, perseguir imágenes que siempre me resultan demasiado vagas pero que en algún momento  fueron reales, y experimentar con ellas. Dos años después, mis agradecimientos a Javier Alfonso y al equipo de Valencia Plaza por seguir ofreciéndome espacio para continuar con ello. Y por supuesto, a los lectores de esta improbable serie de recuerdos, reflexiones y divagaciones que van dando tumbos en el tiempo, planeando por el ciberespacio en una caída libre en busca de un suelo que seguramente no existe.

Versalles pop

Hoy, al releer el texto inaugural de Los recuerdos no pueden esperar, me ocurre lo habitual cada vez que leo algo mío que pertenece al pasado: lo reescribiría entero aunque al final siga diciendo más o menos lo mismo. Y al repasarlo, me doy cuenta de que la historia que conté acabó imponiéndose a una historia que en realidad, fue la principal. Un viaje a Versalles para cubrir un evento que para mí no era trabajo, era una peregrinación. La Fundación Cartier organizaba la muestra Andy Warhol System: Pub, Pop, Rock, que por primera vez cubría aspectos de la obra del artista más allá de la pintura. Eso incluía la Factory y su relación con The Velvet Underground, el grupo fundado por Lou Reed y John Cale. Ambos estaban invitados a la inauguración porque además iban a interpretar canciones de Songs for Drella, un álbum sobre Warhol y la relación que ambos tuvieron con él. Escuchar algunas de aquellas canciones en aquella explanada, bajo un cielo nublado, en el distinguido entorno de la Fundación Cartier, fue algo más cercano a los sueños que a la realidad. 

La culpa fue de Andy

Una improvisada reunión de Velvet Underground puso fin al concierto. Fue la primera vez que el grupo actuaba con Reed desde que éste se fuera en 1970. La primera vez que Cale volvía a estar con ellos desde que Reed lo despidiera en el otoño de 1968. Ahora estaba junto de nuevo en un escenario, Lou, John, Sterling Morrison y Moe Tucker. Una sola canción, Heroin, el colofón perfecto para una jornada emocionante. De hecho, todo era emocionante ya incluso antes de las actuaciones. Allí se podían contemplar películas, discos, carteles, libros, revistas fue algo increíble. En 1990 el culto a Velvet Underground era todavía algo restringido si lo comparamos con lo que actualmente es gracias a Internet. Lo mismo podría decirse de Warhol. Había muerto tres años atrás y el verdadero impacto de su obra, no solo de la pictórica, todavía no se había consolidado. Quizá era demasiado pronto aún porque en muchos aspectos, Warhol fue un precursor de un futuro que él mismo definió con su obra.

Lou Reed de cerca

Ese 15 de junio tuve junto a mí a personajes que eran fundamentales en mi mundo privado. A Lou Reed lo había conocido por primera vez tan solo un mes y medio antes, en Madrid.  Hablamos sobre Songs for Drella y la entrevista se emitió en Canal 9. La impresión –no fue poca- de estar cara a cara con mi ídolo era un trámite ya superado, aunque los nervios siempre me acompañaron en las ocasiones posteriores en las que estuve con él. En París no logré hablar solo alcancé a verlo de cerca, después de la actuación. Visiblemente emocionado por las circunstancias, tengo registrado en vídeo la mirada asesina que nos lanzó a todos los reporteros que tras la línea de seguridad requeríamos unas declaraciones suyas. Supongo que si ha habido un día en que su despecho quedaba justificado fue ese 15 de junio en las afueras de París.

Los mitos también se emocionan

A John Cale también lo perseguimos el cámara y yo –nunca le había entrevistado- en busca de alguna declaración. Estaba como perdido, a causa del impacto emocional por lo ocurrido momentos antes. Todos estaban en algo parecido a un estado de shock. Sterling Morrison, que no era un tipo de palabra fácil, también se paseaba por los alrededores del escenario, confuso, como si el revoloteo de cámaras y micrófonos a su alrededor fuese algo irreal. Conseguí hablar con él, aunque más que contestar lo que hacía era intentar hilar frases coherentes. Un balbuceo que intentaba abrirse paso entre la emoción. Emoción, esa fue la palabra que definió aquellos instantes, en aquella mañana en la que París, ciudad que siempre tuvo devoción por Velvet Underground, había obrado una especie de milagro.

Billy, Sterl y Moe

Unas horas antes de la actuación pude conversar tranquilamente con Sterling y Moe. Quién hubiese dicho entonces que aquella señora de piel exageradamente blanca, una de las primeras mujeres bateristas del rock, acabaría siendo una acérrima defensora de las ideas populistas que han llevado a Donald Trump a la Casa Blanca. Cada vez que cuelga algo en su perfil de Facebook, Sterling y Lou deben retorcerse en sus tumbas. Pero en aquel momento, cuando la Guerra del Golfo aún no había dado comienzo y el mundo occidental parecía mucho más inocente, en aquella habitación solo había personas que llevaban una existencia convencional, que tenían que asumir que formaban parte de una leyenda. En la entrevista –íntegramente filmada por una cámara para Canal 9- intervenía también Billy Name lugarteniente y mantenedor de la Factory. Él, compañero de sesiones de speed de Reed,  fue quien vistió sus paredes de plata y fotografió lo que pasaba entre ellas hasta que un día se cansó y desapareció. Esa mañana también estaba allí, explicando sus recuerdos, cosas que desde los 14 años me parecían historias increíbles. 

Allí estaban los tres, Sterling, Moe y Billy, unos momentos antes de retar al destino y dejar su marca en la historia con una reunión soñada por muchos pero completamente inesperada. Allí estábamos todos, dispersos en aquel fantástico escenario de amplias explanadas, abetos y obras de arte. Aquí estamos de nuevo, 27 años después. Lou, Sterling y Billy ya no habitan este mundo, Andy y Nico ya se habían marchado cuando esta historia parisina tuvo lugar. Si alguno de ellos pudiera escuchar estas palabras, me gustaría decirles: “Mirad, una gran parte de esto os lo debo a vosotros”.

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