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LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

1977: Ser punk en valencia

15/01/2017 - 

VALENCIA. 1977 fue el año en el que el punk nació como género y como movimiento. En España nos enteramos por las revistas y poco más. Hasta 1978 no hubo señales claras de que el asunto hubiese cuajado aquí, y las pocas que hubo fueron intermitentes y aisladas. Empeñarse en ser punk en Valencia era como empeñarse en ser gaitero en Tokio.

1977 fue el año del punk, mi año cero. El año en el que hubo una rebelión y un cambio generacional en la música. Una década antes, los Beatles cantaban “todo lo que necesitas es amor”, un máxima que en 1977 sonaba a chino. Tenía 14 años y la música era algo fundamental para adquirir mi propia identidad. El punk era un grito de rabia que conectaba perfectamente con la confusión de la adolescencia. Y aunque lo cierto es que me hacía buena falta tenerlo, me daba igual saber si todo lo que necesitaba era amo.. Lo que me interesaba era aquella música nueva y todo lo que la rodeaba, lo que significaba y lo que trajo consigo.

No al rock sinfónico

Lou Reed había sido en cierto modo uno de los precursores del punk sin pretenderlo, así que eso facilitó las cosas. Lo que decía Lou Reed iba a misa y mucho de aquellos personajes iracundos con canciones y sonido primitivo, le mostraban el mayor de los respetos. Patti Smith, Richard Hell, Television… Artistas hoy celebrados en festivales y mencionados como nombres fundamentales por músicos que podrían ser mis hijos, constituían entonces una auténtica rareza en un país que nunca estuvo del todo preparado para el rock. Inmersa en plena transición, las circunstancias políticas y culturales de España eran completamente distintas a las de Londres o Nueva York. Aquí se identificaban los cambios con la canción de autor y el rock de los Rolling Stones a Genesis o Pink Floyd, pasando también por Reed o Bowie. Pero para cualquier adolescente inadaptado, la llamada a la que atender no era la de Supertramp, era otra.

Londres, tan cerca, tan lejos

En aquella época, el único punk que recuerdo haber visto se llamaba Pablito. Era un tipo muy alto, ya veinteañero y creo que trabajaba como cartero. Durante la jornada laboral de repartidor iba vestido con su uniforme. Al acabar salía a la calle con su uniforme punk. Por descontado, el atuendo al que podía aspirar cualquier chaval o chavala de aquí tenía que ser de diseño propio. La otra opción era tener la gran suerte de que alguien viajar a Londres y te comprara las gafas o la camiseta que había visto en una foto del Popular 1. Alaska, que con 13 años fue una punk precoz, contaba que se hacía ropa con bolsas de basura y se pintaba las uñas de negro con Rotring porque en España era imposible encontrar laca de uñas de ese color. Si ese era el panorama en Madrid, imaginad el de Valencia. Así que Pablito salía a la calle con una cazadora de cuero, unas gafas oscuras y los complementos que fuese capaz de fabricarse. Hacerse con imperdibles era fácil porque, estaban en el costurero de cualquier casa. Las chapas con nombres de grupos ya eran más complicadas de obtener. Las que se hacían aquí eran gigantescas y casi siempre con artistas que daban grima, lo opuesto a las inglesas, pequeñitas y terriblemente chulas.

Un punk llamado Pablito

Pablito era un cliente habitual del Mercado Avellanas. Es el establecimiento en el que Alfonso Carbone tuvo su primera tienda de discos antes de montar Harmony, tienda que hoy sigue siendo un referente en Valencia. En el puesto de discos del Mercado Avellanas coincidíamos coleccionistas de todas las edades y todos los gustos. Algunas tardes, sobre todo en los fines de semana, más que una tienda parecía una tertulia musical. Pablito se dejaba caer por allí, para comprarse discos de punk y también para epatar. Cuando no tenía dinero, pedía que pusieran una canción en el plato del tocadiscos y se ponía a bailar pogo. Desde los puestos cercanos, que eran de macramé, complementos, bisutería artesanal, etc., lo miraban escandalizados.

Cañas y Devo

Hasta que David Dúplex de La Morgue apareció en escena –eso fue algo más tarde- Pablito era el único punk de Valencia. No tardó en encontrar otros amigos que siguieron sus pasos. Iban haciendo el gamberro por el barrio de Carmen. En esa época Valencia me parecía el sitio erróneo para ser punk. La tradición, las raíces y lo mediterráneo pesaban mucho. Era un sitio que invitaba a hacer rock sinfónico y también a hacer cançó. Sinceramente, ¿alguien puede decirme que vínculo natural puede existir entre Devo y Valencia? Hablando de Devo, Pablito vio una foto de ellos en Vibraciones, en la que salían con mallas trasparente en la cabeza, como si fueran máscaras. Y salió así a la calle. La gente se asustaba. Un día le dio por cubrirse con vendas y se echó mercromina para que pareciera sangre. Una ancianita, muy preocupada, se le acercó y le dijo, “¡Ay, pobret meu! T’has fet mal, xiquet?”

Y fiebre del sábado noche, también

Para mí la imagen punk era algo inalcanzable, bastante tenía con lograr parecerme aunque fuese un poquito, a Lou Reed. Tener el pelo rizado facilitaba algo las cosas, pero no mucho. Conseguir en España cazadoras de cuero como las suyas o las de Ramones era una quimera. Los vaqueros más genuinos que podías encontrar eran los Levi’s 501. Y, además, con 14 años lo que uno hacía sobre todo era ir al colegio. El único consuelo era acabar conectando con otros marcianos como tú, fuesen del curso que fuesen, y compartir esas afinidades. En 1977 lo que arrasó en España fue Fiebre del Sábado Noche, el exponente de otra gran revolución, las de la música disco. A nosotros, por ignorantes y esnobs aquello nos parecía una gran horterada. No obstante, a mí los ritmos de baile ya me gustaban. Un placer culpable e inconfesable, incompatible con el rock. Hoy me enorgullece recordar que ya de pequeño era incapaz de someterme a ningún dogma.

La barrera psicológica de 1977

1977 fue el año en el que se publicaron los primeros álbumes de Television, Talking Heads, Richard Hell & The Void-Oids, Heartbreakers y Suicide. También fue el año del Leave Home de Ramones y del Never Mind The Bollocks de Sex Pistols. Mentiría si dijese que accedí a todos esos discos en aquel mismo momento. Ni llegaban aquí con tanta rapidez –y menos a Valencia- ni yo tenía dinero suficiente para hacerme con ellos a la velocidad deseada. Ahora sé que tampoco era necesario. Existían. Eran el umbral que comunicaba con algo nuevo y necesario. Como me dijo Enrique Sierra cuando le entrevisté para el libro de Alaska y otras historias de la movida, era algo que escuchabas y decías, “esto es para mí”. Lo era entonces y sigue siéndolo ahora. Todavía me emociono cuando escucho a los Sex Pistols porque su rabia me habla de mí a los 14 años, pero también de lo que soy a partir de entonces. 1977 es el rasero por el que medir la música. Es lo que hace que me crea a Alaska y los Pegamoides y desconfíe de Mecano. Porque ambos tenían la misma edad, pero los primeros adoraban a los Ramones y los segundos eran fans del rock sinfónico. Esa es la gran diferencia, aplicable a tantas otras cuestiones.


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